EL RELATO INTERIOR

Luis Goytisolo
En la Europa de entreguerras, la mejor creación literaria del siglo XX coexistió con diversos movimientos vanguardistas -los ismos- que apuntaban a otro tipo de creación literaria, a una literatura que superase o fuese más allá de la barrera de las palabras. (...) Incluso a finales de los cincuenta, personalidades tan disímiles como Jünger y Steiner consideraban el lenguaje como un instrumento seriamente embotado por el horror de la realidad vivida.

Tal motivación política explica que este tipo de movimientos tuviese escaso arraigo en países, como España, que habían permanecido al margen de la guerra, o en los que la habían seguido desde el otro lado del Atlántico, como Estados Unidos. (...)Tal vez por aquel entonces no estaba suficientemente claro que más allá de las palabras no hay creación literaria posible. Otra cosa es la renuncia al uso racional de la palabra cuando lo que se quiere expresar es lo inefable, actitud que en el fondo no supone sino un reconocimiento incondicional de la trascendencia del verbo. (...) Un fluir expresivo que, a través de las palabras, arroja una luz sobre la existencia que no puede ser sustituida por ninguna otra forma de conocimiento.

El germen de esta experiencia es algo que todo el mundo conoce, aunque, desarrollado en mayor o menor grado, sólo unos pocos llegan a objetivarla fijándola en el papel. (...) Se trata de relatos que uno cuenta -con frecuencia, reiteradamente- a fin de convertirse, aunque sólo sea por un momento, en el centro de la atención de los demás. Pero, más allá de toda vanidad y sin que el sujeto llegue siquiera a formulárselo de esta manera, porque ese relato supone para él algo importante. (...) En sus comienzos, todo escritor hace eso: poner sobre el papel, palabra tras palabra, un relato interior. Si además tiene talento, sabrá darle la intensidad y precisión requeridas, y la palabra escrita se convertirá en creación literaria. En cualquier caso, las palabras son, no una barrera, sino un vehículo. La barrera será, si acaso, la falta de palabras. A mayor pobreza de léxico, tanto más tosco y carente de expresividad será el relato interior.

Esa barrera que supone la carencia de palabras fue sin duda una realidad experimentada por todo el mundo, un hecho generalizado, en la época de formación de las lenguas romances; el relato interior debió de convertirse por aquel entonces en algo verdaderamente primitivo. La gente no escribía, y cuando quería reseñar algo, o simplemente discurrir, lo hacía en latín. El momento actual poco o nada tiene que ver con esa época, pero una combinación de diversas amenazas está erosionando, no ya el relato interior, sino el uso de la lengua, de cualquier lengua, empezando por el inglés. Buena parte de esas amenazas se derivan del uso viciado que suele hacerse de ese magnífico instrumento de trabajo que es el ordenador. La capacidad tanto de pensar como de actuar o comportarse de una persona depende, en efecto, de una serie de conocimientos que, lejos de ser almacenados en el ordenador, deben ser incorporados por el sujeto, hechos discernimiento, convicción o deseo, configurando así una mente y un espíritu que le convierten en una persona distinta de la que sería de carecer de esos conocimientos.

Paralelamente a esa cesión de conocimiento y memoria a favor del ordenador, los nuevos hábitos sociales favorecen una progresiva pérdida de palabras y expresiones, que es como decir una pérdida de conceptos. No se trata ya de la sabiduría contenida en los refranes, propia de una sociedad rural que se perdió hacia la mitad del pasado siglo, sino de una verdadera reducción del léxico y, sobre todo, de matices. (...)

El lenguaje, en definitiva, se desarrolló, no para resolver cuestiones prácticas o de trueque, sino, estrechamente vinculado a la religión y a la creación literaria, para expresar abstracciones: la creación del mundo y la del propio hombre. Interiorizado, sirve para explicarse uno a sí mismo y así poder explicar a los demás cómo somos o cómo quisiéramos ser. Trasladado al papel en blanco, el uso del lenguaje es como el uso de la voz, y la capacidad del escritor de sacarle efectos especiales es precisamente lo que le define como buen escritor.

El País