La apuesta pedagógica de la II República

La II República se inicia en España a principios de los años 30, tras una periodo monárquico dominado por una profunda crisis y en decadencia. La oposición republicana, constituida por las fuerzas sindicales y socialistas de talante progresista, consiguen dar un vuelco radical en las elecciones de 14 de abril de 1931, en las que el pueblo español decide terminar con una monarquía corrupta para proclamar la II República.

Durante el bienio progresista (1931 – 1933) se desarrollarán una serie de reformas de gran impacto en el ámbito económico, político y social. En este periodo se elabora y aprueba la constitución, que llegó a ser una de las más avanzadas de la época.

La piedra angular de todas las reformas fue la educación. Según los expertos, había que implantar un Estado democrático y se necesitaba un pueblo alfabetizado. Una escuela pública, obligatoria, laica, mixta, inspirada en el ideal de la solidaridad humana, donde la actividad era el eje de la metodología. Así era la escuela de la II República española.

El 14 de abril de 1931, la República encontró una España tan analfabeta, desnutrida y llena de piojos como ansiosa por aprender. Y los más ilustres escritores, poetas, pedagogos, se pusieron manos a la obra. La República se propuso llenar las escuelas con los mejores maestros. Pero los docentes de la época tenían una formación casi tan básica como su salario. El sueldo miserable de aquellos voluntariosos maestros subió a 3.000 pesetas al tiempo que se organizaban para ellos cursos de reciclaje didáctico don el objetivo de mejorar la formación académica y profesional de estos educadores para el pueblo. "Se hizo del maestro la persona más culta, eran los intelectuales de los pueblos y, con toda la precariedad en que vivían, ejercieron de una forma digna", señala Consuelo Domínguez, doctora en Historia por la Universidad de Huelva.

Se proyectó la creación paulatina de 27.000 escuelas, pero mientras, los ayuntamientos adecentaron salas donde educar a los niños. Las maestras desempeñaron entonces un papel primordial: enseñaban en sus casas con la subvención del ayuntamiento. Las escuelas eran mixtas; se fomentó el el debate participativo y pedagógico; la religión dejó de ser asignatura obligatoria, y el tránsito desde el parvulario a la universidad se hacía de manera progresiva y gradual.

A la espera de que se aprobara la Constitución, en diciembre, el Gobierno tomó, mediante decretos urgentes, las primeras medidas: se reconoció el Estado plural y las diferencias lingüísticas (se respeta la lengua materna de los alumnos) y al frente del Consejo de Instrucción Pública que haría caminar las reformas se nombró a Unamuno.

El País