CANCIÓN DEL JINETE I


En la luna negra
de los bandoleros,
cantan las espuelas.
Caballito negro,
¿Dónde llevas tu jinete muerto?
...Las duras espuelas
del bandido inmóvil
que perdió las riendas.
Caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!
En la luna negra,
sangraba el costado
de Sierra Morena.
Caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto?
La noche espolea
sus negros ijares
clavándose estrellas.
Caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!
En la luna negra,
¡un grito!, y el cuerno
largo de la hoguera.
Caballito negro.

Federico García Lorca


COMENTARIO

Introducción:
Se podría decir que Federico García Lorca es uno de los máximos representantes dentro de la llamada Generación del 27 por muy diversas razones. Aparte otros valores que lo han hecho universalmente famoso, es el máximo representante, dentro de aquel grupo poético, del equilibrio entre la novedad vanguardista y las raíces tradicionales. En Lorca coinciden un riguroso artista de la palabra y una figura de cálida humanidad.
En el perfil humano de Federico García Lorca (nacido en 1898), nos sorprende una doble vertiente: por un lado, su personalidad arrolladora, llena de vida, desbordante de simpatía; por otro, un íntimo malestar, un dolor de vivir, un sentimiento de frustración, como anuncio del trágico destino que hizo de él una víctima inocente en 1936. El malestar, la frustración, el destino trágico son, precisamente, los temas fundamentales de su obra.

Tema:
La lectura del poema nos ha colocado ante un cuadro fantasmal: un bandido muerto es llevado -¿hacia dónde?- por su caballo, mientras la Naturaleza, en torno, parece sacudida, animada, por la tragedia.
No nos hallamos ante un poema narrativo: se elude el posible contexto (la anécdota), para reducir el poema a unas puras líneas lírico-descriptivas.

Estructura:
En su estructura externa, la Canción nos presenta cinco unidades construidas según un mismo esquema métrico: primero una tercerilla de hexasílabos (algo semejante al ritmo popular de las soleares); luego, un pareado irregular, compuesto por un hexasílabo y un decasílabo, y que viene a ser como un estribillo con dos variantes. Hay que señalar que la rima es la misma para todas las tercerillas (asonancia en é/a), mientras que varía para cada estribillo (é/o, í/o). Estos cambios de ritmo y de rima crean una dualidad musical que justifica el título: Canción. En las formas de la canción popular se ha inspirado conscientemente Lorca.
También en la estructura interna (desarrollo del tema) hay que hacer una doble distinción. En los estribillos alternan una pregunta (desconcierto) y una exclamación (dolor). Entre los estribillos, las dos primeras tercerillas se centran en el personaje; las dos siguientes desarrollan una visión animada del paisaje nocturno; la última es un misterioso y dramático remate del poema.

Análisis:
El poema empieza con un toque fúnebre con el primer verso: En la luna negra Nos sitúa en una noche tenebrosa, asociada al luto, a la muerte. Y esa luz negra se difundirá por toda la Canción. Esa luna parece ser el signo funesto de los bandoleros, el negro destino de los hombres al margen de la ley, de esas figuras perseguidas tan gratas a Lorca. (Pero sólo después sabremos que se nos habla precisamente de un bandolero.)
La claridad comienza a hacerse con el primer estribillo, en el que aparece ya el jinete muerto a lomos de su caballo. El contexto -en este caso- da al diminutivo caballito un valor que se sitúa entre la ternura y la tristeza. Y el adjetivo negro, aunque ahora se acepta en su sentido propio, es una pincelada de luto, acorde con la luna negra. La pregunta ¿Dónde llevas...? está cargada de patetismo; sugiere un ir sin rumbo, tras la muerte del jinete.
Pasado el estribillo, la nueva estrofa se nos aparece como una clara continuación de la primera. Así lo indican los puntos suspensivos y la insistencia en las espuelas, ahora con el epíteto duras: un adjetivo que también se armoniza con el doloroso cuadro. El lector percibe el sentido del tercer verso cantan las espuelas con la visión de las piernas inertes del bandido inmóvil. A la vez, el último verso que perdió las riendas completa aquella idea de un ir sin rumbo fijo que ya estaba implícita en la pregunta del estribillo.
En el nuevo estribillo, se diría que la frialdad de la muerte se desplaza del hombre al caballo caballito frío, como si algo de la muerte se difundiera en el animal. (Este tipo de desplazamientos calificativos, como se les ha llamado, es frecuente en Lorca.) Sigue ahora una intensa exclamación: ¡Qué perfume de flor de cuchillo! El nombre del arma mortífera se asocia, en violento contraste, con sustantivos como perfume y flor. Se trata, de la visión y del olor de la sangre, pero esas notas sensoriales quedan embellecidas, gracias a ese audaz juego del lenguaje poético.
Comentado ya el estribillo, pasamos a otra estrofa en la que la visión de una Naturaleza animada alcanza la cima del paroxismo. La noche, ahora, se convierte en otro caballo, un caballo parejo del que lleva al bandido muerto. Negros son también sus ijares. Las estrellas son punzantes espuelas. Los verbos espolea, clavándose van cargados de furia, de dolor. Hasta el ritmo se hace más vivo; los acentos, que en los hexasílabos precedentes se distribuían -puede comprobarse- con natural variedad, adoptan en estos tres versos un mismo esquema rítmico: oóo oóo. Se trata de pies métricos (anfíbracos) que imprimen un ritmo galopante.
Y llegamos a la estrofa final. Bajo esa obsesiva luna negra (nueva reiteración), se alza un grito: breve sintagma nominal reforzado por los signos de exclamación. Y una última pincelada en el cuadro: es una agresiva metáfora que convierte la llama de la hoguera en un temible cuerno largo. La exclamación y la metáfora de estos versos escuetos se nos proponen como puras -y dramáticas- cargas verbales.

Conclusión
La Canción del jinete es una muestra ya madura del mundo poético y del lenguaje de Lorca, tal y como se confirmará en su libro siguiente, el Romancero Gitano (1928). Partiendo de unas formas métricas inspiradas en la poesía popular, García Lorca ha desarrollado una de sus personalísimas versiones del tema del destino trágico: una sombría pintura de muerte en el horizonte de una Naturaleza convulsa.
Lorca ha utilizado asimismo una lengua tan audaz como rigurosa; los efectos expresivos han sido, sin duda, sabiamente calculados, pero lo que queda al final es una intensa impresión de desgarrado dramatismo.